
Pues sí, por si no se habían enterado el señor Zarrías había anunciado su presencia en el estreno de la plaza “Párroco Alberto Jaime” de Ribera Alta. La alcaldesa citó a la corporación a las 8 en el Ayuntamiento para proceder a la recepción de autoridades y como uno no sabe qué ponerse en estos actos, estuvimos cavilando la posibilidad de llevar traje y corbata. Pero era Zarrías, que por mucho Secretario de Estado que sea Zarrías se queda, y al final optamos por acudir con camisa y pantalón.
Nada más llegar a la puerta del Ayuntamiento formamos los habituales corrillos; PSOE por un lado y PP y PA por otro, como puede verse en la foto, y entre ambas constelaciones algunos elementos neutros como el cronista o los agentes de seguridad. Algo raro pasaba. Habían pasado las 8 de la tarde y Zarrías no llegaba; es más, daba la impresión de que no iba a llegar por la pasimonia del grupo socialista. Una pista interesante nos la dio el vestuario de los ediles socialistas, desertores igualmente de trajes y corbatas, incluso alguno parecía que acababa de llegar de sembrar ajos. Estaba claro, Zarrías había avisado de que no venía y al acto ya le sobraba la mitad del protocolo. Nos quedábamos sin autoridad, qué pena, porque se ve que Madrid no le termina de gustar a Zarrías y por eso le gusta volver tanto a la provincia para comprobar que todo sigue en orden y para darse un baño de multitudes. Efectivamente Elena nos lo confirmó: “Gaspar tiene una reunión en el Senado con las comunidades autónomas y no va a venir”.

Gaspar no vino pero se puede decir que su no visita dejó huella. Durante toda la mañana los operarios municipales del servicio de limpieza se emplearon a fondo para dejar la plaza como los chorros del oro. La morajela es evidente: más que pedir la limpieza de la plaza habrá que rogar que venga más veces el señor Zarrías.
Pero no había que preocuparse porque la autoridad, la otra autoridad, venía a todo trapo por Almedinilla y en seis minutos aterrizaría en la plaza de toldos. Era Felipe López, una vez más actuando como autoridad de guardia. Venía en el asiento de atrás de un imponente BMW oficial con chófer y nada más bajar resopló y con ese vozarrón nos dijo “a las 18,30 todavía estaba en el Parlamento Andaluz”. El reloj marcaba en ese momento las 20,25. Era para resoplar, digo. Automáticamente la conversación viró hacia la velocidad de crucero que trajo el BMW.

En fin, el caso es que la autoridad ya estaba y como Felipe es de la casa nos saltamos eso de la recepción de autoridades y nos fuimos a la Ribera Alta. En el centro social nos recibieron el homenajeado Alberto y la alcaldesa pedánea, que se llevó cierto disgusto al ser informada de tan fatal ausencia. Había ido a la peluquería, no era para menos. La plaza de la iglesia estaba a rebosar de gente venida desde los lugares de la provincia por los que ha pasado Alberto. Linares, Villanueva de la Reina, Frailes y medio término municipal de Alcalá. Aquello sí que fue un baño de masas para Alberto, que no paró de dar abrazos y besos a todo el que se acercaba a él. El camino hacia la plaza de ralentizó entre tanto saludo y vítore, pero una vez allí los ánimos se apaciguaron para permitir los discursos. La placa se abrió y casó la memoria de Alberto Jaime con la Ribera Alta, el pueblo de su madre, donde pasó siete años como párroco y adecentó su iglesia del finales del siglo XVIII.
Me gustaría resaltar la labor recuperadora del patrimonio de Alberto, puesto que no todos los sacerdotes muestran una predilección tan abierta hacia las joyas artísticas que son los templos. Es cierto que muchos le acusan de ser un cura populista, como él mismo reconoció, pero como bien se oyó en una de las intervenciones el cariño de la gente no puede comprarse. Alberto recibió cariño y admiración a cambio de sus siete años de trabajo al frente de la parroquia. La iniciativa de que la plaza llevara su nombre partió de los vecinos de la aldea, que presentaron ante el Ayuntamiento cientos de firmas solicitando la denominación. No hay mayor muestra de afecto. Mejor que un Hércules, sin duda.
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